El "big tech" niega la burbuja de la IA. Yo viví la burbuja puntocom en el 2000, y hay muchos paralelismos
Muchos de los actuales gigantes tecnológicos comparten un momento crítico. Sobrevivieron al estallido de la burbuja puntocom en marzo del año 2000. Un momento histórico que deberíamos tener muy presente en pleno apogeo de la IA.
Empresas del tamaño de Amazon y Qualcomm se vieron muy castigadas en ese momento. Otras quebraron o perdieron relevancia. El desastre del portal Terra fue el caso más sonado en España, mientras en Estados Unidos hubo cierres como Webvan o Boo.com.
El "superciclo de la IA" está generando enormes beneficios a los fabricantes de RAM, y ha encumbrado a Nvidia como una de las tecnológicas clave. Un nivel de entusiasmo tan alto exige cautela y moderación, para no repetir errores del pasado.
Los paralelismos con otras revoluciones técnicas son claros. Hay un gran potencial en la IA del mismo modo que lo hubo en las puntocom. De eso casi nadie tiene dudas.
Pero que una innovación ofrezca perspectivas disruptivas a largo plazo no impide que genere una grave crisis en el corto plazo. Más bien, lo refuerza.
Crack bursátil frente a inversiones corporativas
Hay una diferencia clave entre ambas situaciones: en la burbuja puntocom hubo un estallido bursátil que afectó directamente a las empresas. Eran firmas de reciente creación, que en muchos casos no tenían ingresos importantes.
En esencia, "quemaban" el dinero de los inversores (institucionales y particulares), pero aún no generaban beneficios. Muchas quizá nunca lo hubieran logrado.
Con el cambio de contexto, se quedaron sin recursos para mantener la actividad, y solo sobrevivieron lo que tenían modelo de negocio más asentado.
Esto se puede visualizar en el índice Nasqad Composite, centrado en empresas tecnológicas. Un crecimiento espectacular a final de los años 90, con un pico en marzo del 2000, que no volvería a igualarse hasta finales del 2014.
Índice Nasqad Composite
Es preciso aclarar que la burbuja de las puntocom solo fue el inicio de una sucesión de crisis, con causas diferentes. Le siguieron los atentados del 11 de septiembre de 2001, y luego la crisis financiera de 2008, asociada a una burbuja inmobiliaria.
En la posible burbuja de la IA hay una diferencia clave. Las inmensas inversiones en centros de datos proceden del "big tech". Son empresas son una capacidad económica inmensa: Google, Microsoft Meta o Amazon disponen de recursos casi ilimitados.
Claro que podría haber una represalia de los mercados si los gastos asociados a la IA afectan a los resultados trimestrales. Por ahora, no parece una preocupación inmediata.
Ya hemos visto movimientos financieros para protegerse. Por ejemplo, Google ha emitido bonos por valor de 32.000 millones de dólares, incluyendo vencimientos a 100 años. Un plazo tan largo deja claro que la rentabilidad tardará en materializarse.
La excepción es OpenAI, que depende de los inversores para mantener sus operaciones diarias. De hecho, ha tenido que cerrar un servicio tan popular como Sora, para cubrir la demanda de ChatGPT.
Si la burbuja de la IA explota, casi seguro lo hará empezando por OpenAI. Es un claro ejemplo de un "gigante con pies de barro", y el caso que más se acerca a la crisis de las puntocom.
Llegar primero a cualquier coste. Ese es el gran peligro
Hay un elemento común entre la burbuja puntocom y la actual "revolución de la IA", que es muy preocupante. El objetivo de posicionarse cuanto ante en el mercado de la IA, a cualquier precio. Esa sensación de urgencia ante una oportunidad que durará poco tiempo.
Eso supone realizar gigantescas inversiones sin un retorno económico claro. Morgan Stanley calculó que montar los centros de datos actualmente previstos habrá generado alrededor de 1 billón de dólares de deuda en el año 2028.
En cambio, no hay una perspectiva clara de cómo generar beneficios aceptables a partir de estas inversiones. Gigantes como Amazon, Microsoft o Google pueden sostener los costes, corriendo riesgos relevantes, pero asumibles, si la confianza en la IA se deteriora.
El "big tech" estadounidense ha repetido hasta la saciedad que la IA disparará la productividad, y que ninguna empresa podrá sobrevivir si no se reinventa en torno a la IA.
Quizá sea cierto. El problema es que la IA tiene grandes costes asociados que se mencionan poco, y que no está claro cuándo bajarán.
Suena muy bien disparar la productividad de los empleados, pero algunas empresas se encuentran con que las facturas de la IA salen más caras que el trabajo humano. Ni siquiera el "big tech" obtiene beneficios de este contexto actual.
Incluso cuando se cobra por el uso real ("tokens"), muchos servicios no cubren costes. El objetivo, de nuevo, apunta a una burbuja: volver la IA imprescindibles para las empresas a medio plazo, y entonces recuperar la inversión.
Otra preocupación son las inversiones circulares, que podrían estar sobredimensionado el potencial de la IA. Por ejemplo, Nvidia tiene acciones de OpenAI, que compra sus tarjetas gráficas. OpenAI también compra procesadores a AMD, que ahora es dueña de parte de la empresa dedicada a la IA.
El impacto de la IA es enorme, pero no siempre positivo
Hace poco analizamos cómo los gamers están muy descontentos con la IA, pero no es el único grupo que encuentra desventajas serias. El movimiento anti IA probablemente crezca, y por razones justificadas.
El elevadísimo consumo de electricidad de la IA supone aumentar precios para el resto de los consumidores, y agravar el cambio climático.
Los centros de datos están recibiendo una fuerte oposición de los municipios donde se instalan, pues suelen obtener suelo valioso a precios privilegiados, presionando a las administraciones.
Esto se agrava en Europa, pues estos recursos se dedican a empresas extranjeras que agravan la dependencia frente a Estados Unidos.
Al final, un entorno social contrario a la IA supone un riesgo real. Las empresas lo saben, como ha demostrado un reciente anuncio de Meta en la televisión generalista estadounidense ensalzando las ventajas de la IA.
Es necesario un replanteamiento de la estrategia de la IA en muchas empresas. Esta apuesta por la inteligencia artificial por encima de cualquier consideración solo puede llevar a la crisis, y será más grave cuanto más tardemos en darnos cuenta.
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